Hace frío, el viento desparrama las hojas de sueño, mientras
ellos miran por la ventana, libres liebres corretear por las calles.
Es un día invernal, de esos crudos inviernos de antaño, sin
refugio para escuchar caer la lluvia, sin remedios para preparar, el día se
acumula dejando a su paso desolación.
El tren ya no pasa, los rieles
oxidados gimen bajo la lluvia sonora, hay aromas nuevos en el camino, siluetas
como espantapájaros, pasan silenciosas junto a la arboleda como buscando su
abrigo.
Es un día más de sueños
perdidos, de horas inquietas, de recuerdos vagos que cruzan fugaces junto
a los relámpagos calentado el aire, pegando a los ojos su luz incompleta,
el campo responde silencioso y calmo, nada lo despierta, todo está muy
quieto, menos la paciencia que se mueve loca de estar en la jaula con hambre de
poeta, sin la musa errante que partió en la nada, sin un solo verso, sin
canción ni tiempo.
Se escucha la radio del hombre
despierto, lejos suena como una corneta, los perros aúllan, las bestias se
duermen, y nada conmueve en ese paraje, más que un leve sonido, que la musa
deja al pasar doliente llevando andrajos.
El pueblo respira compasado y
quieto, las magnolias del fondo están como vivas, al compás del viento cuelgan
sus hilachas.
Todo el cielo oscuro, toda la
nostalgia se nutre de olvido y fallas, el viento sacude
los ojos de nubes, y todo es un circo con cuerpos sin alma...
Alessandrini María del Rosario