LA ARENA VOLÁTIL
Julián lo encontró en una mesa de saldos, entre libros viejos y cámaras rotas. El anticuario, un hombre ciego de un ojo que no parecía interesado en vender nada, solo le dijo: “”Cuidado con las horas muertas«». Julián pagó dos billetes arrugados y se lo guardó en el saco.
Esa misma noche, en su departamento del tercer piso, dio vuelta el reloj.
Al principio, no pasó nada. La ceniza empezó su lento ascenso flotando hacia la bombilla superior. Pero a los pocos minutos, Julián notó el silencio. No el silencio común de la madrugada, sino una ausencia total de sonido. Se asomó a la ventana: los autos en la avenida se habían detenido en seco, los faroles titilaban congelados en el tiempo y un gato en el techo de enfrente había quedado suspendido a mitad de un salto.
El mundo se había frenado, excepto él.
Durante lo que parecieron horas, Julián disfrutó de la quietud absoluta. Caminó por el medio de las calles vacías, entró a una librería cerrada para leer sin apuro y miró la ciudad como si fuera una enorme maqueta de museo. Era el dueño del tiempo.
Sin embargo, cuando regresó a su casa, vio que a la ceniza del reloj le quedaban apenas unos granos por subir. Se sentó a esperar el impacto del regreso a la normalidad.
El último grano ascendió. El tic-tac del mundo no volvió.
Asustado, Julián agarró el reloj y le dio la vuelta con fuerza, esperando que la ceniza bajara y el tiempo corriera de nuevo. Pero la ceniza no se movió. Se quedó pegada en el fondo, compacta y fría. En su desesperación por congelar el presente, Julián entendió la advertencia del anticuario: las horas no se pueden acumular.
Ahora, Julián camina por una Buenos Aires gris y eterna, buscando desesperado otra tienda de antigüedades que rompa el hechizo, mientras el resto del mundo sigue esperando el próximo segundo.
A-M-R
