
Los ciruelos
caen maduros, y
el sabor de su zumo
se desliza
por mis ardientes labios,
igual de tibios
que el sabor de aquel amor
que se marcho pescando arabescos
en el infinito,
desnudo de olvido, y desamor.
La gota dulce de la esperanza
oculta, llora sus secretos de flor
marchita,
y flota en el camino del ayer su
místico sueño,
que juega con el recuerdo,
disfrazado de insomnio y de jazmín,
abandonada, languidece fecunda
sobre la piel de mi boca sedienta.




