Una mañana de enero dejé mi canoa libre para que descansen sus leños, no comprendí que mi niño quería salir en ella, y me fui cantando una nota descansada en mis latidos.
Al llegar a la casa donde mis otros niños jugaban noté que Julio en mi mano ya no se sujetaba, regresé de prisa al río creyendo que estaba jugando en ese entorno tan bello. No encontré, ni al niño ni a la canoa y mis lágrimas asomaron. Un frío heló mi sangre, coaguló en mi su río. Corrí sola en la ribera gritando el nombre de mi hijo, pero nadie respondía y el agua se fue calmando. De pronto escuché un sonido que la brisa me traía, cantos, risas y jolgorios, sirenas nadando a prisa, vi como el río danzaba con sus gotitas de agua al costado de la barca. Muchos peces saltarines, una anguila, y las sirenas más bellas con sus colas largas aplaudían, juegos que unos delfines para mi niño mostraban.
Danza la mujer del río, rompe los hechizos y mi llanto se aquieta, mi esperanza crece y mi voz se duerme, colibríes rosados vuelan a mi encuentro, y sus picos negros me hablan de sueños, y mi niño ríe y mi niño canta, y el cielo brilla con estrellas blancas. Y canta la mañana su canción de cuna. Un grillo se sienta junto a una rana, el monte se luce de colores claros, sus árboles bailan, sus ramas desatan un giro grandioso que abraza mi alma. Llega la canoa poblada de voces. Julio está risueño, feliz me arrincona, su manita tibia reposa en la mía y juntos escuchamos la canción de cuna.
LA NOCHE CUBRE CON SU MANTO EL MUNDO DE COLORES PARA VESTIR DESPUÉS DE AZUL CADA AMANECER QUE FLORECE LLENÁNDONOS DE VIDA.
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